
En Solidaridad, como en el resto del país, la narrativa política es una herramienta tan poderosa como las propias decisiones de gobierno. Mientras el discurso oficial pinta un municipio en crecimiento, con inversiones estratégicas y un desarrollo planificado, la realidad económica de la región muestra grietas profundas que la propaganda no puede ocultar.
Por un lado, el municipio, epicentro turístico de la Riviera Maya, enfrenta un doble reto: sostener su atractivo ante el mundo y, por otro, garantizar condiciones dignas para quienes lo habitan y trabajan. No se trata solo de cuántos hoteles se inauguran o de las cifras de ocupación en temporada alta; más bien, el verdadero indicador de progreso radica en la calidad de vida de la población local, en el acceso a vivienda, en la movilidad eficiente y en la seguridad que el gobierno es capaz de garantizar.
Hoy en día, la economía de Solidaridad se encuentra atrapada en una contradicción. Mientras el sector turístico sigue siendo el principal motor, los beneficios de su crecimiento se reparten de manera desigual. De hecho, la informalidad laboral, los bajos salarios y el encarecimiento de la vida han convertido a la ciudad en un paraíso solo para quienes la visitan, mientras que, para sus habitantes, el sueño caribeño se ha transformado en una lucha diaria.
A pesar de ello, el relato oficial insiste en que hay proyectos en marcha que transformarán la economía local, pero los hechos demuestran lo contrario. Por ejemplo, el transporte público sigue siendo un caos, la infraestructura urbana no ha evolucionado al ritmo del crecimiento poblacional y la corrupción sigue mermando la confianza ciudadana. En consecuencia, la batalla del relato no es solo una disputa de discursos, sino un intento de moldear la percepción de la realidad para disfrazar los problemas estructurales que aún no se resuelven.
Por lo tanto, es urgente redefinir el modelo de desarrollo económico de Solidaridad con una visión inclusiva y sostenible. El crecimiento no puede seguir dependiendo exclusivamente del turismo sin garantizar un entorno más equitativo para los trabajadores que sostienen la industria. En definitiva, es hora de exigir políticas públicas que no solo respondan a las necesidades inmediatas, sino que también proyecten un futuro en el que el progreso sea una realidad tangible para todos, y no solo una narrativa conveniente para quienes gobiernan.
En conclusión, por difícil que parezca, estoy convencido de que cambiar esto es posible. Pasar de una política guiada por la superficialidad, a una guiada por causas; construir una política con las personas que tienen un compromiso firme con poner el “servicio público” al servicio de lo público, que es lo que nos pertenece a todas y todos.
Por: Juan Sosa…nos leemos en la próxima