Por: Juan Sosa
El arribo del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) al poder político en Quintana Roo, impulsado por la influencia de su líder histórico, Jorge Emilio González Martínez, pone en evidencia, por un lado, el oportunismo y, por otro, las contradicciones de un partido que ha convertido el ambientalismo en una herramienta discursiva vacía para acumular dominio político. De esta manera, detrás de su retórica, el PVEM no sólo ha fallado en cumplir con los principios ecológicos que enarbola, sino que también ha perpetuado prácticas políticas tradicionales marcadas por la corrupción, el clientelismo y la subordinación a intereses económicos.
En este contexto, González Martínez, conocido como el “Niño Verde”, ha sido el principal arquitecto del modelo político que permitió al PVEM consolidarse en estados clave del país, entre ellos-Quintana Roo. Sin embargo, su trayectoria está plagada de escándalos y acusaciones que comprometen la credibilidad del partido. Por ejemplo, desde el videoescándalo de 2004, donde fue exhibido presuntamente negociando sobornos para proyectos inmobiliarios, hasta su controvertido rol en la aprobación de leyes que favorecen a grupos empresariales, su influencia en el Verde Ecologista, refleja una estrategia política más enfocada en el beneficio personal que en la construcción de un proyecto ambientalista serio.
Por otro lado, en Quintana Roo, un estado cuya riqueza natural está gravemente amenazada por el turismo descontrolado y la especulación inmobiliaria, el PVEM ha utilizado el poder político para alinearse con intereses que frecuentemente contradicen su discurso ambiental. De hecho, proyectos que devastan manglares, contaminan cenotes y destruyen ecosistemas frágiles han prosperado bajo su influencia, mientras el partido guarda silencio o incluso los respalda. En este sentido, dicho comportamiento no es un desliz aislado, sino parte de un patrón sistemático que evidencia que el Verde Ecologista ha reducido la defensa del medio ambiente a un simple eslogan electoral.
Por si fuera poco, el liderazgo de Jorge Emilio González en este proceso no puede pasar desapercibido. Su capacidad para negociar alianzas pragmáticas con otros partidos, como Morena, ha sido clave para posicionar al PVEM en Quintana Roo. No obstante, también ha dejado claro que el partido no tiene un proyecto propio ni una agenda comprometida con las necesidades ambientales de la región. Más bien, su actuación en el estado parece responder a una estrategia para explotar políticamente su riqueza natural mientras se preservan los intereses de grupos económicos vinculados al turismo y la construcción.
Sin duda alguna, la llegada del PVEM al poder en Quintana Roo representa un caso emblemático de cómo las promesas de sostenibilidad pueden ser utilizadas como fachada para encubrir prácticas políticas profundamente dañinas. Por esta razón, mientras Jorge Emilio González y el Verde Ecologista continúen operando bajo este modelo, la verdadera agenda ambiental del estado quedará relegada a un segundo plano, y los problemas estructurales, entre ellos, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, seguirán sin resolverse.
En conclusión, el reto ahora recae en la ciudadanía, los medios de comunicación y las organizaciones civiles, que deben ejercer una vigilancia crítica e implacable sobre la gestión del PVEM en Quintana Roo. En consecuencia, el ascenso del partido al poder no solo exige escrutinio, sino también una presión constante para que sus líderes —incluido González Martínez— respondan a las demandas de un estado que necesita con urgencia políticas ambientales reales y no más simulaciones.
Nos leemos en la próxima
Visita: www.lotenemosclaro.com