Por: Juan Sosa
La unidad dentro de Morena, en el país, siempre ha sido un tema de debate y cuestionamiento. Aunque la narrativa oficial busca mostrar al morenismo como un partido cohesionado, la realidad interna refleja dinámicas más complejas, con tensiones que ponen en duda si realmente existe un blindaje efectivo contra divisiones internas.
En el caso particular de Quintana Roo, la conformación de Morena no ha sido ajena a conflictos y pugnas entre grupos que buscan consolidar su influencia dentro del partido. De hecho, estas tensiones suelen intensificarse en períodos de selección de candidaturas, donde los intereses personales y de grupo se enfrentan a los principios de unidad y disciplina partidaria que tanto se promueven en el discurso oficial.
Un caso reciente que refleja esta realidad es la solicitud hecha días atrás por parte de la gobernadora del estado, Mara Lezama, a la militancia estatal de no adelantar la campaña por la sucesión de 2027 y concentrarse en el trabajo que aún resta por realizar desde el Gobierno. Dicha petición llega luego de la turbulencia interna de las últimas semanas, marcada por algunos nombramientos en el Gabinete, el cambio de la dirigencia nacional, y la reaparición pública de Rafael Marín Mollinedo, según lo hizo público el portal La Opinión QR.
Por lo tanto, la pregunta sobre si la unidad de Morena en Quintana Roo está realmente blindada encuentra una respuesta ambivalente. Por un lado, el partido ha demostrado capacidad para sortear conflictos internos y mantenerse competitivo en las urnas. Por otro parte, las fracturas internas son evidentes y podrían comprometer su fortaleza a largo plazo si no se manejan con mayor transparencia y apego a los principios que dieron origen al movimiento.
En este sentido, los desafíos actuales en el estado se derivan, en gran medida, de los acuerdos con otros partidos, como el Partido del Trabajo (PT) y el Verde Ecologista de México (PVEM). Si bien estas coaliciones han sido estratégicas para obtener triunfos electorales, también han generado tensiones internas, pues se perciben como una imposición que sacrifica los ideales fundacionales del movimiento. Es evidente que dichas alianzas han causado resistencia entre militantes que ven en ellas una contradicción con la agenda transformadora de Morena.
Además, al sumar el papel de los “chapulines”, políticos que han migrado de otros partidos a Morena, se alimenta la percepción de que el partido puede estar priorizando pragmatismo electoral sobre coherencia ideológica. No cabe duda de que el objetivo de los mencionados “chapulines” es conseguir posiciones clave, lo que ha exacerbado la división entre la militancia de base y los recién llegados.
En conclusión, para blindar la unidad se requiere más que discursos y pactos temporales; es necesario construir un verdadero consenso basado en el respeto a las bases, la equidad en los procesos internos y la congruencia con los ideales que Morena ha prometido defender. De lo contrario, el blindaje será solo una ilusión, susceptible de romperse ante la presión de intereses individuales y externos.
Nos leemos en la próxima
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